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domingo, 19 de mayo de 2013
Testigo oculto / Testemunha oculta
Publicado por
Sergio Darío
Ella mantiene la vista lejos, lejos de él. No quiere mirarlo, solo lo hace cuando acentúa una frase, o una palabra. Él tiene la vista fija en ella.
Arrodillado en pie, él intenta una especie de abrazo que no llega a destino, el brazo rebota en el cuerpo de ella, queda colgando en la nada.
Hay una pregunta de él que duele, una lágrima rueda por la mejilla de ella. Con un suave movimiento ella levanta los anteojos y la limpia. Si! Es la respuesta a esa pregunta, y otra lágrima estalla en el otro ojo.
Hay otro intento de caricia, más tosco aún que el anterior, da la impresión que esos cuerpos se olvidaron de cómo tocarse.
Ella se limita a balancear la cabeza diciendo no, y con su mano arranca esos dedos que quedaron presos en su pelo.
Él intenta proponer una nueva discusión, cambiar el eje, tal vez, pueda demostrar que ella está equivocada...
No, ya está, que no quiere más, ella dice, que ya fue, que se quiere ir. Ya no se miran, solo ven el suelo, ese suelo en el que discutieron por última vez.
Se separan, se van, cada uno por su lado, cargando porciones iguales de dolor. Y si alguno de los dos hubiese mirado hacia atrás, hubiese notado que una tristeza enorme les deformaba incluso, hasta la forma de caminar.
Yo lo noté, y tomé nota, pero ellos no lo saben.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------
Ela mantém a vista longe, longe dele. Não quer olha-lo, somente quando entoa uma frase, ou uma palavra. Ele tem a vista fixa nela.
Ajoelhado em pé, ele tenta uma espécie de abraço que não chega a seu destino, o braço rebate nela, fica solto no nada.
Há uma pergunta dele que dói; uma lágrima rola pela sua bochecha e ela com um leve movimento levanta os óculos e a limpa. Sim! É a resposta a essa pergunta, e outra lágrima se explode no outro olho.
Há outra tentativa de carícia, mais tosca ainda que a anterior, dando impressão que seus corpos esqueceram de como tocar-se.
Ela se limita a balançar a cabeça dizendo não, e com sua mão arranca os dedos dele que ficaram presos em seu cabelo.
Ele tenta propor uma nova discussão, mudar o eixo, talvez, possa demonstrar a ela que esta errada...
Não, chega, que não quer mais, ela disse, que já foi, que quer ir embora. Já não se olham, só vêem o chão, esse chão que discutiram pela última vez.
Eles se separam, se vão, cada um por seu lado, carregando porções iguais de dor. E se algum dos dois tivesse olhado para atrás, teriam notado que uma tristeza enorme os deformava inclusive, até na forma de andar.
Eu notei, e tomei nota, mas eles não sabem.
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jueves, 14 de marzo de 2013
Idioma universal
Publicado por
Sergio Darío
Ella estaba ahí, tejiendo, sin importarse. Él estaba viendo el partido, sufriendo, dando patadas absurdas al aire.
Juntos, sin siquiera mirarse, gustaban de la compañía del otro, se sentían tranquilos, no tan solos.
Gol! El grito la despaviló, una aguja perdió el punto en el sobresalto.
- Do seu?- preguntó ella, sonriendo, los cachetes colorados tratando de encaminar el tejido nuevamente.
- Sim vó, o argentino fez o gol.
Ella reía, encontraba gracioso el ver a un hombre sufriendo frente a un televisor. Y recordaba a uno de sus hijos, enfermo también por su club. Ella decía que su hijo no es torcedor do Fluminense, ele é doente pelo Fluminense...
Al pie del morro, los bandidos hacían campana en la esquina. Algún traficante, o bandido poderoso está alojado en el morro, aquí al ladito, y deja secuaces en las entradas a la favela, para que le avisen en caso de un operativo acercarse. Ellos también parecían no importarse con el argentino que estaba jugando allá en España, y mucho menos, con el argentino que estaba acá en Brasil viendo el partido.
- Os times são argentinos?
- Não vó, o azul e vermelho é da Espanha, e o branco da Italia. O argentino joga no azul e vermelho. Messi...
Ella sonrió, y lo miró. Él, ya experimentado en conversar con ella, sabiendo que las veces que no entendía su portugués de principiante, también podían ser las veces que no escuchaba nada.
- Conhece ele?
- Quem?
- Messi, ele é argentino, conhece?
- ... conheço não... olha, eu sou brasileira, gosto do futebol mesmo, mas... não me importo muito com os jogos. Na copa do mundo, eu fico feliz se Brasil ganha, mas...
- Gol carajo!! La puta madre vamos todavía!!
Ella reia - ... do seu rapaz? engraçado...
- Sim vó... o argentino de novo fez o gol...
Ella cantaba ahora, importándole menos que nunca el resultado o los argentinos y el fútbol. Afuera, ahí abajo, se escucharon unas aceleradas, la curiosidad lo movió de su asiento y se asomó a la calle para ver. Ya no había nadie. Algo sin duda había pasado, pero fue demasiado fugaz para verlo.
- O rapaz! Aí fizeram mais um gol...
Él volvió corriendo, otro gol del Barça, la clasificación estaba asegurada. Ella se estaba yendo a la cocina, el tejido quedó abandonado en el sofá. Desde la cocina, ella pareció pensar en voz alta:
- ... um argentino, ele era fofinho. Vocês tinham um argentino que jogaba futebol há ums anos... esqueci o nome dele... engraçado...
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miércoles, 31 de agosto de 2011
Uno y el mismo verso
Publicado por
Sergio Darío
Todo empezó una tarde de viernes a bordo del 146. Cada vez que se acuerda, una sonrisa le adorna la cara. Incluso cuando me lo contó, lo hizo con una alegría inmensa.
Me contó que la vio de casualidad. Un conductor insultaba al chofer del bondi, y cuando apartó la vista del libro que leía para ponerle rostro al puteador, estaba ella. Serena, preciosa, apenas arreglada y con las mejillas algo coloradas. Primero pensó que vendría del gimnasio, luego descubrió que ese era el color normal de su cara. Tan linda, con esa belleza casi angelical que tienen algunas mujeres. Nunca vimos un ángel, pero el término belleza angelical se entendió cuando lo dijo, y como suma al relato lo trascribo. De cabello rubio, muy finito.
No me animé a hablarle ese día- me dijo- pero nos miramos a los ojos varias veces. Si yo la miraba, ella me estaba mirando.
Semanas enteras esperando el viernes, día en el que saliendo de la facultad, la encontraba en el 146. Hubo veces en las que, siguiendo vaya a saber que instinto, dejó pasar uno, o dos, y al subirse, ahí estaba ella. Eso es el destino en todo su esplendor. Sentadita, sola, con la mirada distraída. ¡Esperando verlo!- me aseguró.
Era maestra de primaria, el delantal blanco con voladitos la delataba. Le calculó la misma edad que él. Hasta en eso coincidían. A veces iba escuchando música.
Ya se imaginaba el momento de presentarla en su casa, a sus amigos, yendo juntos al parque Centenario a tomar mate. Ah, me olvidé de mencionar lo más importante: se bajaba en la misma parada que él, por lo tanto no viviría muy lejos. ¡Además eran vecinos! ¡Cuantos temas en común para charlar!
Viernes a viernes, las miradas se prolongaban más, incluso hubo una vez en la que trató de sonreirle, pero ella desvió la mirada justo a tiempo...
No se acuerda qué fue lo que lo motivó a hacerlo, cree que una buena noticia sobre la materia que estaba cursando, o una victoria del club de sus amores. La cuestión es que finalmente le hablaría.
Pasaron los viernes, sin embargo, y su actitud seguía siendo la del principio. Un tipo que se refugia en su libro cada vez que ella le sostenía la mirada. Paciente el destino, varias veces hizo bajar a quien se sentaba al lado de ella, parecía decirle: ¡Dale mamerto, sentate y decile algo!
Pero él también es algo tímido, después de todo, de no haberlo sido le hubiera hablado de entrada. Y ella, lo primero que hacía cuando se bajaba su compañero de asiento, era mirarlo, invitándolo con la mirada. Seguro que es de esas que no dan el primer paso- me dijo que pensó- de las que gustan de los galantes, o machista quizás. Tan linda, cada día más linda. En una ocasión, un acto patrio seguramente (dato que tampoco recuerda con exactitud) ella estaba radiante, con apenas un leve delinear de sus ojos, y el cabello un poco arreglado. La mujer de su vida, pensaba, y la idealizaba más y más, con el paso de los viernes. Pero como dije más arriba, la decisión de hablarle por fin estaba más o menos tomada.
Y pasó, un viernes finalmente le habló. Recuerda con detalle que se paró al lado suyo en la puerta del medio (siempre se bajaba por la opuesta a la que lo hacía ella). Quiso hacer contacto visual pero ella aparentaba no verlo. Sutil, se imaginaba que seguramente lo haría hablar durante horas antes de aflojarle un beso. Un perfil hermoso, perfecto (siempre le gustó admirar las simetrías en los rostros de sus amadas. Cada loco...). Estando al lado de ella pudo oler su perfume, delicado, femenino, una delicia. Pensó en los abrazos de bienvenida y de despedida, oliendo esa fragancia. Sonrió al verle unas incipientes patas de gallo, hecho que confirmaba su suposición acerca de la edad, y tuvo ganas de decirle que le quedaban lindas, pero no era un buen comienzo para una conversación. Timbre, lo había tocado ella, él estaba embobado y no se había dado cuenta de tocar. Haría un chiste galante con eso más tarde. Las puertas se abrieron, bajaron juntos. Se le hizo un nudo en la garganta, le temblaban las piernas, hizo de tripas corazón y dijo: Disculpame. Nada, ella seguía caminando. Hola. Recién ahí se dio vuelta. ¿Te puedo acompañar unas cuadras? Que si puedo... Que no, le contestó, y se fue apurada por San Martín.
Me contó que la vio de casualidad. Un conductor insultaba al chofer del bondi, y cuando apartó la vista del libro que leía para ponerle rostro al puteador, estaba ella. Serena, preciosa, apenas arreglada y con las mejillas algo coloradas. Primero pensó que vendría del gimnasio, luego descubrió que ese era el color normal de su cara. Tan linda, con esa belleza casi angelical que tienen algunas mujeres. Nunca vimos un ángel, pero el término belleza angelical se entendió cuando lo dijo, y como suma al relato lo trascribo. De cabello rubio, muy finito.
No me animé a hablarle ese día- me dijo- pero nos miramos a los ojos varias veces. Si yo la miraba, ella me estaba mirando.
Semanas enteras esperando el viernes, día en el que saliendo de la facultad, la encontraba en el 146. Hubo veces en las que, siguiendo vaya a saber que instinto, dejó pasar uno, o dos, y al subirse, ahí estaba ella. Eso es el destino en todo su esplendor. Sentadita, sola, con la mirada distraída. ¡Esperando verlo!- me aseguró.
Era maestra de primaria, el delantal blanco con voladitos la delataba. Le calculó la misma edad que él. Hasta en eso coincidían. A veces iba escuchando música.
Ya se imaginaba el momento de presentarla en su casa, a sus amigos, yendo juntos al parque Centenario a tomar mate. Ah, me olvidé de mencionar lo más importante: se bajaba en la misma parada que él, por lo tanto no viviría muy lejos. ¡Además eran vecinos! ¡Cuantos temas en común para charlar!
Viernes a viernes, las miradas se prolongaban más, incluso hubo una vez en la que trató de sonreirle, pero ella desvió la mirada justo a tiempo...
No se acuerda qué fue lo que lo motivó a hacerlo, cree que una buena noticia sobre la materia que estaba cursando, o una victoria del club de sus amores. La cuestión es que finalmente le hablaría.
Pasaron los viernes, sin embargo, y su actitud seguía siendo la del principio. Un tipo que se refugia en su libro cada vez que ella le sostenía la mirada. Paciente el destino, varias veces hizo bajar a quien se sentaba al lado de ella, parecía decirle: ¡Dale mamerto, sentate y decile algo!
Pero él también es algo tímido, después de todo, de no haberlo sido le hubiera hablado de entrada. Y ella, lo primero que hacía cuando se bajaba su compañero de asiento, era mirarlo, invitándolo con la mirada. Seguro que es de esas que no dan el primer paso- me dijo que pensó- de las que gustan de los galantes, o machista quizás. Tan linda, cada día más linda. En una ocasión, un acto patrio seguramente (dato que tampoco recuerda con exactitud) ella estaba radiante, con apenas un leve delinear de sus ojos, y el cabello un poco arreglado. La mujer de su vida, pensaba, y la idealizaba más y más, con el paso de los viernes. Pero como dije más arriba, la decisión de hablarle por fin estaba más o menos tomada.
Y pasó, un viernes finalmente le habló. Recuerda con detalle que se paró al lado suyo en la puerta del medio (siempre se bajaba por la opuesta a la que lo hacía ella). Quiso hacer contacto visual pero ella aparentaba no verlo. Sutil, se imaginaba que seguramente lo haría hablar durante horas antes de aflojarle un beso. Un perfil hermoso, perfecto (siempre le gustó admirar las simetrías en los rostros de sus amadas. Cada loco...). Estando al lado de ella pudo oler su perfume, delicado, femenino, una delicia. Pensó en los abrazos de bienvenida y de despedida, oliendo esa fragancia. Sonrió al verle unas incipientes patas de gallo, hecho que confirmaba su suposición acerca de la edad, y tuvo ganas de decirle que le quedaban lindas, pero no era un buen comienzo para una conversación. Timbre, lo había tocado ella, él estaba embobado y no se había dado cuenta de tocar. Haría un chiste galante con eso más tarde. Las puertas se abrieron, bajaron juntos. Se le hizo un nudo en la garganta, le temblaban las piernas, hizo de tripas corazón y dijo: Disculpame. Nada, ella seguía caminando. Hola. Recién ahí se dio vuelta. ¿Te puedo acompañar unas cuadras? Que si puedo... Que no, le contestó, y se fue apurada por San Martín.
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martes, 17 de noviembre de 2009
La ruta que lo parió
Publicado por
Sergio Darío
Hay ojos que no quieren ver, hay otros que no pueden, también están los que prefieren no hacerlo. De esos nunca tuve, de los que no prefieren. Los míos creo que fueron siempre de no querer. Ese día, dentro de ese auto detenido en un semáforo cualquiera, saliendo de Resistencia, hubiera preferido que sean de los que no pueden.
Entre cuatro troncos torcidos, clavados de manera tal que formaban un cuadrado, se hallaba el hombre. Un hombre sin nombre, pero no sin rostro. Los ojos del hombre deberían ser de los que prefieren no ver. Gastaba una barba de meses, tenía la cara arrugada de necesidad y estaba vestido con harapos.
Un techo de ramas y barro unía los cuatro postes, y lo protegía del fuerte sol. Una reposera vieja y gastada, un balde, una mochila y miles de bolsitas con cosas eran todas sus pertenencias. Con la mirada fija en la nada, parecía murmurar algo, estaría sacando vaya a saber que conjeturas.
Me sentí injusto, desagradecido, asquerosamente afortunado. No pude evitar cuestionarme cuan culpable era de la suerte de aquel.
Apenas unos minutos lo miré, y la desazón que le borraba todos los gestos de la cara empezó a apretarme la garganta. No aguantaría ni dos minutos viviendo así -pensé- supongo que esas cosas son de las que se hacen y ya. ¿Y él, habrá pensado que tampoco aguantaría dos minutos? Sin embargo ahí estaba, no imagino desde cuando.
Habrá sentido mis ojos clavados, porque empezó a mirarme. Sentí tanta vergüenza que desvié la mirada, sentí haberlo insultado con mi insistencia, me sentí un atrevido.
El hombre dio algunos pasos y empezó a acercarse al auto, trataba de decirme algo, supuse que quería insultarme, o preguntarme que miraba, a lo mejor querría una ayuda, por pequeña que fuese para él sería grande. Pero no. No quería nada de eso.
El semáforo encendió la luz verde y el auto avanzó, el hombre se acercó aún más y señaló su muñeca sucia con el dedo. Miré mi celular y antes de perdernos para siempre le grité: ¡Once y media!
Entre cuatro troncos torcidos, clavados de manera tal que formaban un cuadrado, se hallaba el hombre. Un hombre sin nombre, pero no sin rostro. Los ojos del hombre deberían ser de los que prefieren no ver. Gastaba una barba de meses, tenía la cara arrugada de necesidad y estaba vestido con harapos.
Un techo de ramas y barro unía los cuatro postes, y lo protegía del fuerte sol. Una reposera vieja y gastada, un balde, una mochila y miles de bolsitas con cosas eran todas sus pertenencias. Con la mirada fija en la nada, parecía murmurar algo, estaría sacando vaya a saber que conjeturas.
Me sentí injusto, desagradecido, asquerosamente afortunado. No pude evitar cuestionarme cuan culpable era de la suerte de aquel.
Apenas unos minutos lo miré, y la desazón que le borraba todos los gestos de la cara empezó a apretarme la garganta. No aguantaría ni dos minutos viviendo así -pensé- supongo que esas cosas son de las que se hacen y ya. ¿Y él, habrá pensado que tampoco aguantaría dos minutos? Sin embargo ahí estaba, no imagino desde cuando.
Habrá sentido mis ojos clavados, porque empezó a mirarme. Sentí tanta vergüenza que desvié la mirada, sentí haberlo insultado con mi insistencia, me sentí un atrevido.
El hombre dio algunos pasos y empezó a acercarse al auto, trataba de decirme algo, supuse que quería insultarme, o preguntarme que miraba, a lo mejor querría una ayuda, por pequeña que fuese para él sería grande. Pero no. No quería nada de eso.
El semáforo encendió la luz verde y el auto avanzó, el hombre se acercó aún más y señaló su muñeca sucia con el dedo. Miré mi celular y antes de perdernos para siempre le grité: ¡Once y media!
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domingo, 25 de octubre de 2009
Como rejuvenecer 20 años
Publicado por
Sergio Darío
De mi inolvidable paso por el Chaco salteño, me traje algunas cositas que me gustaría compartir con los miles de lectores que, a diario, inundan este lugar buscando sedientos las novedades (exagero un poco, ya se que no buscan sedientos, apenas un poco curiosos). Sin más preámbulos, los dejo con mis amigos wichís: Juan, Carolina, José Manuel, Rosalía y Lucas. Ellos tuvieron la amabilidad de permitirme registrar como se divierten a diario.
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domingo, 26 de julio de 2009
La costumbre no es buena, pero el animal descansa
Publicado por
Sergio Darío
Los rubios rulos bañan el pecho del que podría ser su hijo. Las manos de ella acarician ese cuerpo novato, que minutos atrás la embestía desaforadamente, infatigable, con fruición. Él se fuma su cigarrillo en silencio, recopilando los detalles que serán contados, los que serán exagerados. Y espera, espera que ella termine de hablar para amarla otra vez, experimentando una erección con solo pensar, y ella lo nota, y le pone fin a su monólogo.
Las mañanas son todas iguales, uno a uno van llegando los esclavos y antes de encadenarse a su silla, se reúnen en la cocina y juegan a ser libres, comentan la actualidad taza en mano. Alguien dispara un chiste que ofende y divierte. Por unos minutitos disfrutan de pertenecer a la misma manada.
Se esfuman las sonrisas ante la aparición de Eduardo, que luego del buen día elige a su presa y averigua que se está haciendo por mantener saludable la fortuna. Empujándose unos a otros, se desparraman, interrumpido el pastoreo por la presencia del depredador, y miran de lejos al desdichado, al que no pudo escapar. Todos se compadecen, es que saben que algún día les va a tocar a ellos, es la ley del reino animal. La fortuna crece, nadie reclama lo propio, el trabajo aumenta, el miedo paraliza, Eduardo viaja, su mujer le pregunta, el hijo reclama.
-...boluda 5 veces...
-
-no, no,no, no, no sabés...
-
-...¡¡¡siii!!! malll...
-
-...tiene 21 años ¿qué querés?
Eduardo acomoda las fichas sobre el paño verde, el aire viciado lo embota, lo abstrae. La adrenalina de arriesgar tanto le produce una erección. El vértigo de la apuesta le hace olvidar a su familia, le recuerda el sudor acre de las prostitutas, gana, recupera algo de lo perdido, y se va.
Sus viajes a Córdoba lo llenan de anécdotas, le gusta la fama que se ganó entre sus amigos, ahora sí es el que la tiene más grande.
Los rubios rulos se sacuden en el aire, sus uñas se clavan en las muñecas del que podría ser su hijo, él le dice cosas, y hace que ella le diga otras. El que podría ser su hijo aprende a desconfiar, se decepciona antes de tiempo, conoce el desamor, el despecho, y le gusta, saca provecho de ellos.
Las brasas gritan al recibir las gotas de grasa que chorrean del rojo alimento, y de manera sabrosa musicalizan la anécdota de Juan Pablo. La inmortal jarra con fernet pasa de mano en mano, la euforia aumenta, los detalles son vitales.
-La mina tiene guita, el marido es director de una empresa o algo así, pero no le da bola...
-
-Por lo menos 6 o 7 veces cada vez que la veo...
-
-Es que el tipo viaja mucho, y ella manda al hijo a la casa de un amiguito...
-
-Está buena en pelotas, sí...
-
- 39, pero muy bien llevados...
La boca de Eduardo se deshace en disculpas, su tez morocha se esconde detrás de la palidez mortal que ilumina su rostro, la camisa impregnada de sudor acre recibe unos golpes, los rubios rulos rodean las manos que tapan la cara que destila gotas de bronca.
Uno a uno los esclavos llegan y se congregan en la oficina, parece que a Eduardo lo echaron de la casa, y el escándalo hizo tambalear su continuidad en la empresa. Ahora la manada se mira con recelo, varios de ellos tienen chances de tapar el hueco, de escalar un peldaño. Algunos empiezan a mostrar los dientes, Juan Pablo se lamenta, los rubios rulos le acarician el rostro, en un beso de despedida.
Las mañanas son todas iguales, uno a uno van llegando los esclavos y antes de encadenarse a su silla, se reúnen en la cocina y juegan a ser libres, comentan la actualidad taza en mano. Alguien dispara un chiste que ofende y divierte. Por unos minutitos disfrutan de pertenecer a la misma manada.
Se esfuman las sonrisas ante la aparición de Eduardo, que luego del buen día elige a su presa y averigua que se está haciendo por mantener saludable la fortuna. Empujándose unos a otros, se desparraman, interrumpido el pastoreo por la presencia del depredador, y miran de lejos al desdichado, al que no pudo escapar. Todos se compadecen, es que saben que algún día les va a tocar a ellos, es la ley del reino animal. La fortuna crece, nadie reclama lo propio, el trabajo aumenta, el miedo paraliza, Eduardo viaja, su mujer le pregunta, el hijo reclama.
-...boluda 5 veces...
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-no, no,no, no, no sabés...
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-...¡¡¡siii!!! malll...
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-...tiene 21 años ¿qué querés?
Eduardo acomoda las fichas sobre el paño verde, el aire viciado lo embota, lo abstrae. La adrenalina de arriesgar tanto le produce una erección. El vértigo de la apuesta le hace olvidar a su familia, le recuerda el sudor acre de las prostitutas, gana, recupera algo de lo perdido, y se va.
Sus viajes a Córdoba lo llenan de anécdotas, le gusta la fama que se ganó entre sus amigos, ahora sí es el que la tiene más grande.
Los rubios rulos se sacuden en el aire, sus uñas se clavan en las muñecas del que podría ser su hijo, él le dice cosas, y hace que ella le diga otras. El que podría ser su hijo aprende a desconfiar, se decepciona antes de tiempo, conoce el desamor, el despecho, y le gusta, saca provecho de ellos.
Las brasas gritan al recibir las gotas de grasa que chorrean del rojo alimento, y de manera sabrosa musicalizan la anécdota de Juan Pablo. La inmortal jarra con fernet pasa de mano en mano, la euforia aumenta, los detalles son vitales.
-La mina tiene guita, el marido es director de una empresa o algo así, pero no le da bola...
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-Por lo menos 6 o 7 veces cada vez que la veo...
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-Es que el tipo viaja mucho, y ella manda al hijo a la casa de un amiguito...
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-Está buena en pelotas, sí...
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- 39, pero muy bien llevados...
La boca de Eduardo se deshace en disculpas, su tez morocha se esconde detrás de la palidez mortal que ilumina su rostro, la camisa impregnada de sudor acre recibe unos golpes, los rubios rulos rodean las manos que tapan la cara que destila gotas de bronca.
Uno a uno los esclavos llegan y se congregan en la oficina, parece que a Eduardo lo echaron de la casa, y el escándalo hizo tambalear su continuidad en la empresa. Ahora la manada se mira con recelo, varios de ellos tienen chances de tapar el hueco, de escalar un peldaño. Algunos empiezan a mostrar los dientes, Juan Pablo se lamenta, los rubios rulos le acarician el rostro, en un beso de despedida.
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lunes, 8 de junio de 2009
En seguida vuelvo
Publicado por
Sergio Darío
La cara de desazón de los comerciantes con el negocio vacío, es imposible de pasar por alto. Es esa mirada en blanco, con los ojos clavados en el aburrimiento, un cerebro que no para de pensar como hacer para mejorar las ventas, y un cuerpo que se pone a barrer la vereda para no agarrar a patadas todo lo que lo rodea. Los comerciantes se liberan de la tiranía opresora y explotadora del jefe, para esclavizarse a su propio negocio. Déjenme un lugar para la ironía, che.
El placer de ser su propio jefe, borra el tener que dedicarle todo su tiempo al negocio, aún cuando está cerrado, sobre todo cuando está cerrado.
Esto se da en mayor o menor medida en todos los casos. Sin embargo, mi objetivo no es llegar al lugar común, que tanto nos molesta. El caso que hoy reclama mi atención, si bien está relacionado, es totalmente distinto.
Se trata de una pequeña oficina de 3x3, con dos escritorios sin computadoras, un teléfono y un mueble con carpetas. Esto es lo que se observa a través de la vidriera, que es todo el frente del local. Entre los dos escritorios hay colgado en la pared un escudo cruzado por dos espadas, atento a un inexplicable detalle medieval. A las claras es un lugar aburrido, en el que nadie querría pasar 8 horas diarias, con una para comer. Y menos que menos cuando les cuente que el lugar pertenece a la industria del fiambre, a los sepelios.
Lo particular del caso, es que nunca hay nadie en este lugar, siempre está vacío.
Desde hace más de 4 días, hay pegado en la puerta un papel escrito con fibrón negro que dice: "EN SEGUIDA VUELVO, POR URGENCIAS LLAMAR AL 15-3182..."
¿Urgencias? ¿Cómo sería tener que hacer un servicio fúnebre de urgencia?
- Hola...sí, bien, bien, mirá, te digo rapidito, tengo un pariente que enterrar y estoy viajando al exterior mañana, ¿cómo podemos hacer? ¿querés que te lo lleve para ir ganando tiempo?
Es un tema delicado el que toco, lo sé. Por eso voy a tratar de ser cuidadoso.
Entiendo al dueño del lugar (que llamaremos Elio), no debe estar nada bueno pasar el día en un local esperando que alguien se muera para tener algo que hacer. Además de ser un negocio en el que no se puede hacer nada para mejorar las ventas, es solo cuestión de tiempo...
Me imagino cuando alguien se lo cruza a Elio en la calle y le pregunta:
-¿Y? ¿El laburo?
-...bien, levantó un poco ahora...(gracias a la gripe, al mosquito...)
Supongamos que una persona tiene un familiar enfermo y Elio le pregunta como anda todo. La pregunta pareciera recordarle al familiar del afectado "cualquier cosa ya sabés, llamame al 15-3182..."
Cuando alguien tiene un problema laboral-legal ¿no es mirar al tío abogado lo primero que hace? Si se te ocurre levantar un hornito de barro en el patio de tu casa ¿no le chiflás a tu primo albañil para que te dé una mano? Con este tema pasa lo mismo, Elio debe haber tenido que ver en la organización de todas las muertes que hubo en su familia, y con la de alguno que era medio conocido de alguien, aunque con fastidio, seguro que también.
Y ya para ir cerrando, alguna que otra buena para Elio hay, claro que sí. Por ejemplo ofrece un servicio del que nadie, absolutamente nadie está exento de usar, al menos una vez en la vida. Sus usuarios no presentan quejas, y no se ve obligado a mostrarse simpático con su clientela, por decir algunas. Por mi parte, espero no tener que hacer uso de sus servicios por un tiempito más, pero por ahora dejo de hablar del tema, se me hizo largo este asunto, la verdad, quedé muerto.
El placer de ser su propio jefe, borra el tener que dedicarle todo su tiempo al negocio, aún cuando está cerrado, sobre todo cuando está cerrado.
Esto se da en mayor o menor medida en todos los casos. Sin embargo, mi objetivo no es llegar al lugar común, que tanto nos molesta. El caso que hoy reclama mi atención, si bien está relacionado, es totalmente distinto.
Se trata de una pequeña oficina de 3x3, con dos escritorios sin computadoras, un teléfono y un mueble con carpetas. Esto es lo que se observa a través de la vidriera, que es todo el frente del local. Entre los dos escritorios hay colgado en la pared un escudo cruzado por dos espadas, atento a un inexplicable detalle medieval. A las claras es un lugar aburrido, en el que nadie querría pasar 8 horas diarias, con una para comer. Y menos que menos cuando les cuente que el lugar pertenece a la industria del fiambre, a los sepelios.
Lo particular del caso, es que nunca hay nadie en este lugar, siempre está vacío.
Desde hace más de 4 días, hay pegado en la puerta un papel escrito con fibrón negro que dice: "EN SEGUIDA VUELVO, POR URGENCIAS LLAMAR AL 15-3182..."
¿Urgencias? ¿Cómo sería tener que hacer un servicio fúnebre de urgencia?
- Hola...sí, bien, bien, mirá, te digo rapidito, tengo un pariente que enterrar y estoy viajando al exterior mañana, ¿cómo podemos hacer? ¿querés que te lo lleve para ir ganando tiempo?
Es un tema delicado el que toco, lo sé. Por eso voy a tratar de ser cuidadoso.
Entiendo al dueño del lugar (que llamaremos Elio), no debe estar nada bueno pasar el día en un local esperando que alguien se muera para tener algo que hacer. Además de ser un negocio en el que no se puede hacer nada para mejorar las ventas, es solo cuestión de tiempo...
Me imagino cuando alguien se lo cruza a Elio en la calle y le pregunta:
-¿Y? ¿El laburo?
-...bien, levantó un poco ahora...(gracias a la gripe, al mosquito...)
Supongamos que una persona tiene un familiar enfermo y Elio le pregunta como anda todo. La pregunta pareciera recordarle al familiar del afectado "cualquier cosa ya sabés, llamame al 15-3182..."
Cuando alguien tiene un problema laboral-legal ¿no es mirar al tío abogado lo primero que hace? Si se te ocurre levantar un hornito de barro en el patio de tu casa ¿no le chiflás a tu primo albañil para que te dé una mano? Con este tema pasa lo mismo, Elio debe haber tenido que ver en la organización de todas las muertes que hubo en su familia, y con la de alguno que era medio conocido de alguien, aunque con fastidio, seguro que también.
Y ya para ir cerrando, alguna que otra buena para Elio hay, claro que sí. Por ejemplo ofrece un servicio del que nadie, absolutamente nadie está exento de usar, al menos una vez en la vida. Sus usuarios no presentan quejas, y no se ve obligado a mostrarse simpático con su clientela, por decir algunas. Por mi parte, espero no tener que hacer uso de sus servicios por un tiempito más, pero por ahora dejo de hablar del tema, se me hizo largo este asunto, la verdad, quedé muerto.
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