Es curioso como se invierten los roles. Cuando se supone que tengo que estar atento a todos los movimientos de una persona, para evitar que se lastime, o que pase un momento desagradable, me encuentro más de una vez, abrazado a ese cuerpito para sentirme protegido.
Verlo correr me produce una adrenalina imparable. A cada paso que da siento que se va a romper la crisma contra el suelo. Mido desde lejos las puntas filosas y ruego, rezo porque no se caiga justo ahí. Estoy todo el tiempo amagando, como un arquero en un mano a mano, con la mano abierta siempre lista para amortiguar un golpe. Y no puedo evitar la analogía futbolística. Me siento un central, pegadito al habilidoso, esperando lo impredecible, preparado para un cruce milimétrico dentro del área. Porque un poco me siento así, tengo que llegar justo a tiempo, esa cabecita de hilos dorados no puede dar contra el piso. Y así ando, atento a un tipo que solo piensa en divertirse, y que sin preocupaciones, y sobre todo sin culpa -¡¡¡como te envidio!!!- me deja con un autito en la mano haciendo: "fffffffffffrrrrrrrrrr, pum, gggggggggggg, guauuuuuuu" Y se va, a jugar con una caja que aparentemente encierra misterios más interesantes.
La relación tiene oro cariz desde que habla, ya mantenemos conversaciones, y lo mejor es que ya me hace algunas preguntas del estilo:
-¿one va el ten tío?
- se va a dormir, ayer salió y tiene sueño...
Sin ir más lejos hoy, mientras íbamos en el tren yo iba cantando las estaciones, los barrios por los que pasábamos, y después de avisar que estábamos en Villa del Parque pregunté:
-¿Dónde estamos Lu?
La respuesta vino acompañada de un gesto de sabiduría, o de obviedad, o mejor, de la más pura y envidiable inocencia:
- e nel ten
Y quizás lo que digo no llega, quizás lo que trato de transmitir acá no produce nada. Un amigo me dijo que los hijos solo le interesan a los padres, y que es raro que una persona se interese por hijos ajenos. Bueno, yo soy raro entonces, yo estoy pendiente las 24 hs de un hijo ajeno. Puedo decir sin vergüenza que siento un profundo amor por él; y que me contenta contribuir en la construcción de la vida de una persona sin historia.
Son muchas cosas, no es una sola. Una es que tuvimos al mejor, y no dicho por nosotros, el mundo entero lo reconoce. Otra es que tenemos al mejor en la actualidad, y si bien es cierto que este mejor, juega entre monstruos, y aquel mejor jugaba entre aceptables: este mejor descolla. A riesgo de sonar – o de ser- subjetivo, agrego que muchos de los nuestros lideran los mejores equipos del mundo. En suma: la ilusión, la mística, la realidad, el presente, el miedo que generan a los rivales esos 11 pibes parados en el verde césped, dan como resultado que todos y cada uno de nosotros creyera posible el sueño, alcanzar la gloria. Y es llamativo, porque, en todo caso la gloria será para ellos, para los jugadores, al quedar en los libros de historia, que el mundo del fútbol se arrodille a sus pies; y para nosotros… eso es lo llamativo. Para nosotros –los simples hinchas, o fanáticos, o lo que sea- significa mucho más.
Hay algo mágico entre el juego y lo que produce entre quienes lo juegan, no estoy muy documentado, a decir verdad, si bien sé que se ha escrito mucho sobre el tema. Pero sí lo juego, y lo jugué toda mi vida, y acercándome a los treinta cuento con amargura los pocos años que me quedan para seguir haciéndolo de manera –por lo menos- aceptable. Me prometí no meter la panza entre pendejos que me pinten la cara y me pongan entre los que más corren para que no haya afano ¡para no aburrirse ellos!
Y así están más o menos las cosas. Esto lo escribo bastante tiempo después de cuando surgió como idea, supongo que ya hice el luto, creo que ya estoy en condiciones de aceptar que esa hermosa mañana de sol, y a pesar de todo lo expuesto más arriba, volvimos a perder con Alemania en cuartos de final.
Me veo en la obligación, y ya para terminar con esta interminable introducción, de decir que la idea le pertenece a mi primo Pablo, yo simplemente lo estampo acá: pal´que quiera leer
El del mejor mundo.
El sol se imponía en la habitación desde el ventanal del balcón. La mamá escribía y reescribía y releía la tesis, su tesis doctoral, y de reojo conversaba con el bebé. El papá iba y venía, cambiaba los canales y veía los goles ya vistos, y comentaba los comentarios ya comentados. El bebé jugaba con sus trenes. Ese fue el cuadro que me recibió cuando entré al departamento. Repartí unos abrazos y unos besos y empecé a cebar unos mates ansiosos. En seguida nos pusimos al tanto de las novedades con el papá, mi primo.
Había ganado Uruguay, de manera pasional, en el momento en que no importaba nada más que ganar, dos tipos, a falta de uno, no dudaron en poner la mano y que se vaya todo al carajo, y les salió bien, y el sacrificio del expulsado no fue en vano. Pasaron a semis.
Se hicieron las 11, enmudecimos. Y antes de poder hacer alguna observación, gancho al hígado, uno a cero abajo a los tres minutos.
-tío… ¿fubás?
-a ver Lu, jugá con mami ¡que lindo este! ¿De qué color es?
-el pibe este está desorbitado, lo desborda como quiere, ¡mirá!
Las cosas no pintaban bien, había olor a esos días que no te sale una. Mi primo cambiaba algunas observaciones interesantes, con él mismo, porque yo le contestaba sobre otro tema, no podíamos creer lo que veíamos. Nos anularon un gol, bien anulado, a Tevez se le salió un botín, el mate completamente lavado quedaba ignorado de a ratos, y volvía a pasearse lavadito de mano en mano. Que manera de sufrir, en ese momento no tenía ganas de ponerme a pensar en lo asombroso que era que algo que estaba pasando tan lejos, me produjera semejante angustia.
El primer tiempo terminó así, sin grandes novedades. Los comunicadores sacaron rápido las estadísticas y las calculadoras para ir preparando la coartada en caso de que ocurriese lo peor.
Pero había algo más, algo que no era capaz de ser percibido por los sentidos rondaba en el ambiente. Sentimos como si un ángel nos hubiera convidado una idea. Y mi primo la exteriorizó en una pregunta: ¿si pudieras ahora mismo saber como termina, lo harías?
Le contesté que no, que era lindo sufrir, aventuré que eso le daba el sabor a las victorias. Pero no le negué que la propuesta fuera interesante, nos miramos un largo rato en silencio.
Acto seguido, hubo un suceso, un episodio que queda en el lector atribuirle valor de verdad. Por mi parte doy fe que lo que digo es cierto, lo cuento tal cual como sucedió.
Una niebla espesa cubrió la sala, uno podía poner la mano frente a la cara que no se la veía. Y se escuchó una voz, que hizo una pregunta. La misma pregunta que se había formulado casi como broma instantes atrás. Yo me negué, mi primo accedió. Un zumbido se hizo presente de menor a mayor, creció hasta el punto de ser insoportable para nuestros oídos y nos hizo cerrar los ojos con expresión de dolor. Al abrirlos, la niebla se había disipado, y el segundo tiempo empezaba.
Tardé unos 10 minutos en mirar a mi primo. Cuando lo hice, lo encontré pálido enterrado en el sillón, con la vista perdida.
-papi… ¿fubás?
Le toqué la rodilla y volvió en sí, le sonreí nervioso. Mi primo miró a su hijo y le volvió el color a la cara, miró a su mujer y le extendió la mano. Mano que ella apretó sin quitar la vista de su libro.
-¿y? ¿Ya sabés…?
La verdad es que quería saber, y no. Un tren voló por el aire y aterrizó en el mate, haciendo una hermosa montañita de agua y yerba en el piso. Volví a la pantalla, y mientras los alemanes nos tocaban la pelotita, empecé a pensar lo peor.
-quiero saber ¿cómo termina?
-tocól ten papi…
-uh hijito ¿chocó? Vamos a ponerlo en las vías de nuevo, chucu chú, chucu chú
Me puse de pie delante de la tele, saqué pecho, y viendo de reojo a mi primo arrodillado en el piso, armando un nuevo circuito con las vías de su hijo, dejé rodar por mi cara un par de lágrimas futboleras.
Mediodía en Salta. La localidad Coronel Juan Solá ostenta un poderoso sol que baña todo de ardorosa luz. En el uso popular, la estación del tren que ya no pasa le da nombre al lugar "Morillo" Un viejo del pueblo me contó que los primeros cálculos que se hicieron del recorrido que tendrían las vias indicaban que atravesarían unos campos llamados "El cuchillo" y que ese sería el nombre de la estación. Hubo, según él, un error en esos cálculos y las vías no atravesaron esos campos finalmente. Me contó también, que en aquel entonces se llevaba a cabo la construcción de un enorme galpón, y que en el proceso murió mucha gente, nombrando de esa manera tan poco feliz a la estación.
Nos dirigimos al comedor de la señora Anita, Morillo arde, el rugido del sol llega a nosotros a través del viento, que nos sopla aire caliente en el cuerpo sudoroso. Caminamos lento, el calor pesa, uno tiene la sensación de andar con un chango colgado de la espalda todo el tiempo. ¿Y la sombra? No hay, no está. La imagino apoyando la espalda en la pared, agarrándose como al borde de un precipicio, sin querer poner siquiera un pie en el suelo fulgurante.
En respuesta a la aridez del suelo, a las filosas y duras espinas, a lo agobiante del calor, a lo cambiante del clima, y a todas las dificultades que ofrece el Chaco seco, el salteño habla con voz suave, cantada, dulce. Con esa dulzura de voz nos atiende una de las hijas de Anita, nos recita los tres platos del día mientras pone el mantel de tela sobre la mesa. La gente va entrando al tiempo que saluda y desea buen provecho. Hay un televisor, que sigo sin entender porque siempre está sintonizado en TN, como si a alguien en Morillo le modificara saber que aumentaron los taxis, o los peajes... no parece real la existencia de la ciudad cercada por autopistas, aturdida a bocinazos en aquel paraje tranquilo de suelo caliente.
Los perros de la casa deambulan por el lugar, y aunque parezca increíble -al menos para mí- no manguean a los comensales. Como si entendieran que se trata de un negocio. Se recuestan en los lugares frescos que encuentran y se acercan si uno los llama, siempre sin mendigar ni una miga de pan, reciben la caricia moviendo la cola y vuelven a su inmovilidad, a soportar el calor.
Es dura la vida en el Chaco- nos dice Anita secándose las manos en el delantal- El viento, el calor, uno tiene que recorrer mucho para conseguir las cosas para cocinar. Más de una vez tuve ganas de levantar las valijas y mandarme a mudar...y a pesar de ser tan vieja sigo trabajando, para ayudar a la menor de mis hijas que estudia en Salta, se recibe a fin de año de profesora de educación física...recién ahí voy a ir pensando en dejar de trabajar tanto...
Las mujeres comen juntas alrededor de una mesita, cerca de la cocina. El marido de Anita, siempre impecable, come solo, en silencio. Sus nietos juegan a su alrededor y él pareciera no notar su presencia, impasible, solo les dirije la palabra para retarlos. Ayuda atendiendo las mesas, pero no pone un pie en la cocina. El machismo está tan arraigado en el pueblo como la miseria y la discriminación a los aborígenes.
Llegado a este punto no estoy seguro de donde se dirije este ¿relato? ¿crónica? ¿recuerdo? creo que lo único que me queda por hacer es pedir la cuenta e irnos, y agradecer por los casi 20 días que nos alimentaron y nos atendieron tan bien en ese lugar, El comedor San Lorenzo.
De mi inolvidable paso por el Chaco salteño, me traje algunas cositas que me gustaría compartir con los miles de lectores que, a diario, inundan este lugar buscando sedientos las novedades (exagero un poco, ya se que no buscan sedientos, apenas un poco curiosos). Sin más preámbulos, los dejo con mis amigos wichís: Juan, Carolina, José Manuel, Rosalía y Lucas. Ellos tuvieron la amabilidad de permitirme registrar como se divierten a diario.
Me siento en la necesidad de hacerte un par de aclaraciones. De hacer una especie de confesión, no es que necesite confesar algo terrible ni mucho menos, nada más lejos de la realidad. El caso es que estoy haciendo algo con una doble intención, y vos no te das cuenta de la segunda, vos solo ves la primera. En este momento no tenés la posibilidad de entender mis palabras, lo vas a hacer dentro de varios años, pero esto me pasa hoy, y lo tengo que sacar hoy. No quiero dar más vueltas, y voy a ir al centro de la cuestión, que es justamente, las vueltas que damos. Yo te doy los indicios y te digo que vamos a salir, y vos aceptás enseguida, te encanta estar en la calle, y a mí me encanta estar en la calle con vos, allá vamos.
Con tu papá estamos armando una especie de podio con tus preferencias. Lo que encabeza la lista es mamá, mamá le gana a todo. Nos dimos cuenta que los sabores nuevos -mientras lo son- tienen un gran poder, pero mamá les termina ganando. No hay juegos, canciones, ni cosquillas que mantengan su jerarquía ante la imprevista aparición de mamá, inclusive el sonido de su voz hace que tires a la mierda lo que tengas en la mano y salgas gateando a toda velocidad a su encuentro. Lo que podríamos poner en segundo lugar son los perros, te siguen gustando, a pesar de haber visto muchos. Me obligás a seguir cuanto perro se nos cruza, al grito de "ua ua" o "uaua uu" y yo corrijo enseguida "perro, perrito". No quiero que le digas gua-guau a los perros, supongo que lo vas a hacer igual, no es tan grave después de todo. ¿Y la calle que puesto ocupa? La calle es algo que no puedo ubicar, estar en la calle te hace olvidar hasta de mamá, la ves subir al auto, y le abrís y le cerrás la manito, haciendo la seña internacional de chau. Pero no me animo a ubicarla dentro de tus preferencias, porque la calle te estimula desde todos lados, estimula todos tus sentidos, no hay con que darle, descubrís un mundo a cada paso que damos. Ahora eso sí, en la calle y con mamá sí que le gana a todo, eso sí que no tiene rival.
Pero sigo dando vueltas, y no voy al centro de la cuestión: a las vueltas. Resulta que según tengo entendido, de entre las miles de cosas que no saben hacer los bebés, se encuentra la de dormirse, vos en efecto sentís sueño, pero no sabés como hacer para dormir, ahí es donde entro en juego, ahí es donde meto mi segunda intención, es ahí donde se acciona el mecanismo que abre la compuerta para que transites el camino de los sueños. Al principio camino normalmente, con naturalidad, sigo a los perritos, me paro ante la gente que te quiere ver de cerca (No hay persona que nos crucemos que no me diga lo lindo que sos, y es cierto que sos lindo. Aunque sabemos que eso te tiene sin cuidado, tu pureza no tiene manchas de vanidad) Pasamos por el jardín de la plaza del avión, miramos a tus colegas jugando en el recreo, seguimos a las palomitas, nos reímos, aplaudimos, en fin, disfrutamos del paseo. Pero de pronto empiezo a caminar más despacio, me empiezo a mover como en cámara lenta, y cada uno de mis pasos es acompañado por un pequeño zarandeo, de un lado a otro empiezo a hamacarte. Vos te das cuenta que estamos yendo más lento, pero técnicamente seguimos paseando, se podría decir que no tenés porqué protestar. Ya no transitamos las calles principales sino que empezamos a zigzaguear entre las interiores, las rodeadas de árboles, y de pronto, con la voz más dulce y melosa que puedo, empiezo a susurrar:
Love me tender, love me sweet, never let me go. You have made my life complete, and I love you so.
Love me tender, love me true, all my dreams fulfill. For my darlin' I love you, and I always will.
Y cada vez camino más despacio, cada vez te zarandeo un poquito más, me detengo ante las rejas para que sigas los barrotes que van y vienen, y te canses, y de a poquito gatees por el camino de los sueños. Un perro nos ladra desde el patio de la casa y lo miro con odio, como si tuviera culpa de algo el pobre.
Love me tender, love me sweet, never let me go.
A veces te acaricio la cabecita, o una oreja, cuando no me sacás la mano, y entre bostezos, tocándote la nuca con la seña también internacional de tengo sueñito, te metés de lleno en el camino. Si el sol está fuerte y te pega en la cara, se convierte en mi enemigo, te incomoda, tengo que meterme rápido en la sombra o se me va todo al carajo.
You have made my life complete, and I love you so.
Love me tender, love me true,
Pero en los días fríos es mi aliado, metido en la wawa, envuelto en la mantita celeste, el sol te hace cerrar los ojitos y te envuelve un sopor que no admite resistencia. El canto de los pájaros, la tranquilidad que transmiten los centenarios árboles, los pocos autos, todo dispuesto para que entres al camino.
all my dreams fulfill. For my darlin' I love you, and I always will.
Como tantas otras cosas, también es un placer verte dormir. Una vez que te dormiste vuelvo al cuartel general, entramos en silencio, vamos hasta tu pieza y reclino el cochecito hasta dejarlo horizontal, te acomodo en él, me aseguro que no tengas la orejita doblada, y ahí te dejo.Después estaciono el cochecito cerca mío y me pongo a leer, mientras espero que recorras el camino, vos andá tranquilo nomás, que yo te miro.
Canción: Love me tender- Elvis Presley. Foto: Mía.
Es la primera vez que me toca formar parte de algo tan importante. En ninguno de mis trabajos anteriores tuve tanta responsabilidad como en este. Y sin embargo tamaña responsabilidad no me genera contracturas, ni stress, ni trastornos para dormir, sino todo lo contrario, me deposita cansado y contento por las noches en mi cama. Un amigo me dijo una vez que mi trabajo consiste en ser importante en la vida de alguien. Consiste en eso y en brindarle a una persona amor, seguridad, higiene, salud, alimento. Cosas básicas bah, nada de otro mundo, cosas mucho más necesarias que un plan de marketing, o un estimativo de cobranzas... tanto más necesarias.
Hay oficios que rozan con la felicidad al igual que el mío, como el de catador de helados, el de juez de bikini open, el de crítico de cine, por citar algunos, pero ninguno de estos llena como el mío, ni siquiera el catador de helados, palabra.
¿Requerimientos para el puesto? No muchos, ni tan difíciles de encontrar en cualquier mortal. Antes que nada amor, cariño y respeto. Después podrían ser, paciencia -toneladas de ella- sentido del humor, un altísimo poder de interpretación, madurez, reflejos -agacharse y quitar un pedacito diminuto de algo que tiene como destino la boca, antes de que llegue a ella, claro- tolerancia para repetir millones de veces el mismo chiste, o frase, o sacudón, o sonido, o cosquilla.
Pero no todo es color de rosa, es más, puede volverse marrón oscuro, o negro. Pero es solo un momento, y lo más complicado -al menos en este caso- es mantener a mi protegido ocupado mientras se le practica el cambio de calzones, pues no le gusta, él prefiere la desnudez total - ¡qué vivo! ¿quién no?.
Ya no tengo compañeros de oficina, salvo que considere como tales a: un tren que toca cuatro canciones, varios globos -ya desinflados- libros con dibujos pésimos que chillan cuando se los aprieta, ladrillitos de plástico, un mouse roto, y varias de las infaltables pelotas. A veces se queda la mamá (esos son los días más complicados, que ya tocaré en otro momento), a veces el papá, a ellos no se si contarlos como compañeros de oficina, o como jefes...los voy a seguir llamando primos por ahora.
Ayer me di cuenta que hay algo que no hago hace un montón, algo que hacía todas las noches, que vengo haciendo desde que empecé a trabajar hace más de 10 años ¿qué es? irme a dormir molesto, enojado, con la frase "mañana tengo que ir a laburar la puta madre". Y no lo extraño para nada, nada nada, soy niñero, soy tío, soy, en suma, feliz.