jueves, 18 de noviembre de 2010
El roto perfecto
Munido de una masa y un cortafierros, un tipo se para frente al Banco Perlas de la avenida. Mira a su alrededor y saluda, con ademán cortéz, al puestero del quiosco de diarios. Éste, frunciendo el seño, devuelve el saludo y se pregunta a su vez ¿qué irá a hacer este tipo?.
El tipo, que pareciera adivinar el pensamiento del que lo mira, se agacha sobre la avenida y comienza a calar la calzada. Se mueve con rapidez, en unos pocos minutos hace saltar un pedazo de forma circular, del tamaño de un puño.
Ya con el fruto de su trabajo en la mano, el hombre guarda el cortafierros en uno de los bolsillos traseros del pantalón, y la masa en el otro. Da media vuelta y se dirige hacia la puerta del Perlas, seguido por el incesante bamboleo de herramientas, y la mirada del puestero.
Un policía que estaba apostado sobre uno de los lados, notó algo raro en el semblante del tipo, y poniendo su mano sobre la pistola hizo señas para alertar a su compañero.
El hombre, atento a las señas entre los policías, y viendo que lentamente comenzaban a rodearlo, se dirigió al medio del salón y carraspeó de manera ruidosa para que todos voltearan a verlo.
Ya con la atención de todos en su poder, levantó la piedra lo más alto que pudo y gritó:
- ¡Que nadie se mueva, esto es un asfalto!
jueves, 17 de junio de 2010
Desapercibido en acción
De las tantas cosas que hacíamos con mis hermanos primos Pablo y Mariana, tirar objetos contundentes desde la terraza a los autos que pasaban, era la que más nos apasionaba. La adrenalina que nos producía ver al auto acercarse, se multiplicaba por miles cuando, una vez arrojada la piedra, nos escondíamos esperando que el conductor se marchara resignado, rayón en techo, a su destino.
El mejor horario para hacerlo era el de la siesta, por un par de razones. Primero porque la persona a cargo de nosotros (pobre de ella, por lo general era mi abuela) tenía la guardia baja, claro, estaba dormida. Y segundo porque esa hora ofrecía menos testigos a nuestro ataque, casi no había gente en la calle. Esto último nos daba el camuflaje ideal para nuestra faena. Sin nadie en la calle ¿quién iba a estirar el índice en dirección a nuestra casa para indicarle a la víctima de donde había partido el bombardeo?
Es mi deber aclarar, que de las veces que el equipo fue descubierto (y esto no me enorgullece) el principal responsable fui yo. Por torpezas, por malos cálculos, o simplemente por boludo, como me lo indicaban mis pares, y como sucedió la vez que pretendo comentar aquí.
La tarde en cuestión, los bombardeos venían siguiendo el patrón normal. Nos agachábamos detrás de la pared baja de la terraza que oficiaba de trinchera ni bien veíamos al auto acercarse. El ruido del motor pasando por el frente de la casa nos daba una idea de la ubicación y la velocidad del blanco.
Una vez que el móvil superaba nuestra posición, nos levantábamos con la velocidad de un rayo, descargábamos los proyectiles y volvíamos a la posición inicial, agachados y cagados de risa.
Alguien vio un camión de la maderera de la vuelta doblar la esquina. Nos agachamos y esperamos que se acerque.
El camionero venía despacio, quizás terminando su día, quizás pensando en algún quilombo que lo esperaba en su casa. Acodado en la ventanilla, miró a su izquierda, y vio a 5 pendejitos mirándolo fijamente desde la terraza de una casa amarilla. Vio que 4 se agacharon de inmediato al ser descubiertos, mientras que uno se quedó parado, con algo en la mano que (¡increíblemente!) parecía tener intenciones de arrojarle.
Una vez que el sonido nos indicó que el camión estaba en la posición correcta para el lanzamiento, nos pusimos de pie proyectil en mano. ¡Pero nos descubrieron! La providencia quiso que el camionero mirara en dirección a nosotros. Nos agachamos de inmediato. Bueno, "nos" es una forma de decir, yo me quedé parado. "Nos" era lo que demandaba la situación.
La piedra no era grande, del tamaño de un dado podríamos decir. No le provocó tanto dolor como sorpresa recibirla al conductor.
Yo vi claramente que todos se agacharon, cruzamos unos segundos la mirada con el conductor. La mirada de él parecía decirme: "No me vas a tirar eso ¿no? ¡te estoy viendo!
Le tiré la piedra, le pegué en el brazo que tenía acodado en la ventanilla.
Timbre. Nosotros sabíamos quien era y a lo que venía. Esa tarde estaba mamá (por suerte, era un poco más indulgente que la abuela) escuchó las quejas del transportista y después de cerrar la puerta nos convocó a una reunión urgente. No me acuerdo la verdad del castigo que recibimos por eso. Me acuerdo sí, de las burlas del resto de mi equipo al escuchar mis declaraciones con respecto a lo que me había pasado:
- Me quedé paralizado...
viernes, 14 de mayo de 2010
Buscando tema
Faltan 59 días para que se termine el mundial. ¿Alguien está pensando de qué mierda vamos a hablar entonces?
sábado, 1 de mayo de 2010
Del error se aprehende
De: Una tarde de domingo, Roberto Arlt.
lunes, 19 de abril de 2010
Todo por dos de uno veinte
Él iba sentado sólo, en el primero de los asientos dobles después de la puerta del medio. La verdad es que no le prestamos demasiada atención cuando subimos, pasamos junto a él a través del pasillo y nos sentamos dos filas de asientos más atrás, casi en el fondo. El colectivo traía la música típica de los domingos, familias, parejas, la charla flotaba amena entre el pasaje.
Allá por el final de Scalabrini Ortíz subió ella.
Después, cuando repasábamos los hechos, nos dimos cuenta de que él tosió ni bien la vio, y se acomodó en el asiento. Pero ella no lo vio en seguida. Hurgó su vuelto y agarró el boleto. Estuvo a punto de sentarse detrás de la máquina, en uno de esos asientos que van en reversa, pero se detuvo. Quizás un pensamiento atravesó su cabeza en ese momento: estos asientos son para los viejos; quizás era de esas personas que se marea viajando hacia atrás. ¿Quién sabe?
No soy bueno describiendo a las personas. No me sale. De ella puedo decir que pertenecía a esa clase de mujeres que son bellas. Sin importar el paso del tiempo. Poseía esa clase de belleza que el tiempo no sabe matar. De él poco podía decir al principio, porque lo vimos recién cuando se bajó. En primera instancia digo que era fornido –o rechoncho según como se quiera mirar- y que una corona de piel adornaba su cabeza.
Al principio conversaban con timidez, con la vista al frente. Ella estaba casada, y tenía 3 hijos adolescentes. Él era viudo, su mujer había muerto poco tiempo después de casarse y jamás pudo recuperarse del golpe.
Con el paso de las cuadras y el avanzar de la conversación se fueron soltando, ya se miraban a los ojos y se sonreían. Ella en un momento se permitió hacerle una caricia, él fue todo fuego durante esos dos segundos.
Él le preguntó por su familia, justo después de contarle de la muerte de su esposa, no quería que la conversación se estancara en un silencio melancólico.
Nosotros íbamos encantados, no podíamos dejar de mirar y de prestar atención a lo que se decía. Después de la caricia de ella, empezamos a organizarles un encuentro furtivo, una escapadita al pasado. Ambos coincidimos en que sería él el que le pediría el número. Se lo notaba mucho más conmovido.
Empezaron a hablar en voz baja, adivinamos que recordando algo, un episodio sexual, sin duda, de que otra cosa podría tratarse. Él remató la anécdota y ella estalló en una carcajada. En ese momento, él giró, presa del pudor, la cabeza hacia atrás para darle una ojeada a los pasajeros. Estaba feliz, un poco colorado también.
Y fue la anécdota lo último que se dijeron, ella se recobró de la risa dándose cuenta de que se había pasado. Le dio un beso rápido y se alegró de haberlo encontrado, el silencio que se produjo lo tomó a él por los hombros y le dijo que la deje, que no se baje, que no le pida el número. Ella se bajó mirándolo, dejando que él la mire mientras el colectivo se iba.
Quedamos desechos, aún sin ver la cara de él, nos dimos cuenta que aún la amaba, se le notaba en la nuca. Pocas cuadras después se rascó la cabeza y se paró para tocar timbre. Se bajó sonriente, desde la vereda nos dedicó un poco de su sonrisa. ¿Habría escuchado lo que decíamos? ¿Habría adivinado que adivinamos su historia?
